Relatos

Propósitos de Año Nuevo

Año 2016, Mario se apuntó al gimnasio, pero le duró la tontería un par de meses. Consiguió quitarse la barriguita y llegó a ser lo que ahora todos llaman fofisano, a unos kilos de ser un tío cañón… pero sin serlo. En marzo había recuperado hasta el último gramo y tuvo que donar todos pantalones nuevos que se había comprado.

Al año siguiente se volvió a apuntar, pero esta vez a un gimnasio más caro… para tomárselo en serio. Lamentablemente el día quince empezó a salir con una compañera de trabajo… y entre las cenas y los cines no tenía tiempo, así que dejó de ir. Al menos esta vez no tuvo la oportunidad de cambiar de talla de pantalón.

En el 2018, y ya sin novia, pagó el año entero del gimnasio y empezó a salir a correr desde el día dos de enero, jurándose a sí mismo que la siguiente San Silvestre ¡la iba a ganar él! Pero se le hinchó el tobillo y el médico le recomendó una semana de descanso. Los reyes le trajeron una consola y la hinchazón de tobillo le sirvió de excusa hasta febrero. Además, se quedó en el paro y, por supuesto, usó eso de que estaba “algo deprimidillo” para no pasarse por el gimnasio en todo el año.

El 31 de diciembre de 2018 no tenía ganas de salir. Había tenido que dejar su piso y volver con el rabo entre las piernas a casa de sus padres. Al día siguiente, el primer día del año, salió a pasear, maldiciendo su suerte, y usó las máquinas que había en los parques para matar el rato, ya que no quería gastarse su poco dinero en desayunar en un bar. El 3 de enero,tuvo tanta vergüenza de quedarse en casa mientras sus padres iban a trabajar, que salió a pasear y a colocar carteles ofreciéndose para currar de lo que fuera. A la vuelta volvió a hacer ejercicio en las máquinas que, al menos, eran gratis. Por último, se puso a hacer la comida para que, cuando llegasen del trabajo, sus padres se la encontrasen hecha. Y por la tarde más de lo mismo: sus padres a trabajar y él a dar vueltas para no apoltronarse en el sillón, esperando una llamada de trabajo que no llegaba.

Los reyes le trajeron un podómetro, las cosas estaban más achuchadas ahora que había una boca más en casa. Así que se marcó el hacer treinta mil pasos diarios, muchos más de los que daba normalmente en una semana. Siguió así día tras día hasta que su madre tuvo que cambiarle la goma del chándal, ya que, aunque él no se daba cuenta, estaba perdiendo chicha como si la estuviera apostando en las tragaperras. Comenzaron a conocerle todos los jubilados del parque, así como un empresario que paseaba a su Golden Retriever antes de comer.

A mediados de febrero, el perro se escapó juguetón y sólo las fuertes piernas de Mario fueron capaces de seguirle y evitar que se lanzase a la carretera de lleno. Así se conocieron el empresario y él. Se saludaban cada día a partir de entonces.

A principios de marzo, mientras Mario se ejercitaba como cada día, el empresario se acercó con una idea en su cabeza “No te pierdes un día, ¿eh?…. Necesito gente constante en mi empresa”, Mario dejó las máquinas y le miró con la boca abierta «¿Estarías dispuesto a venir a hacer una entrevista de trabajo esta tarde?» le dijo, aunque temió, cuando Mario echó una fugaz mirada a su reloj, que fuera como el resto de niñatos a los que contrataba y que demostraban no estar a la altura de sus expectativas desde el primer día.

Muchas gracias, de verdad– respondió con los ojos brillantes Mario – Deme la dirección que me voy corriendo a casa, para que me dé tiempo a dejarles la comida hecha a mis padres
¡Contratado! – respondió inmediatamente su nuevo jefe con los ojos brillantes.

Y así fue como Mario consiguió su trabajo, aunque siguió siéndole fiel a sus paseos y a las máquinas del parque, pues eran quienes más le habían dado… sin pedir nada a cambio.

Carlos Peinado

Profesor en el colegio PVIPS Adalid Meneses en Talavera de la Reina, Miembro de la Asociación de Escritores Insomnes y guionista de Cómic.

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