Todo es por ellas

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Un breve relato que te sumergirá en una concisa historia…muy curiosa by Carlos Peinado.

Estaban recogiendo los últimos restos de la fiesta. Laura, la más alta, trataba de descolgar el cartel que estaba atado en el techo; Beatriz contaba el dinero, metiendo fajo tras fajo en la caja de caudales roja y apuntando en una hoja de bloc cifra tras cifra. Estaban cansadas, como siempre, pero sonrientes. Y sus cicatrices permanecían escondidas a los ojos de todos.

Habían tenido un día muy movido, con demasiadas visitas. Los concejales, los familiares, la televisión… Vamos, que hoy muchas habían tenido más vida social que en el último año. Por suerte estaban sobre aviso, así que, pese a su enfermedad, todas lucían hermosísimas. Con sus pañuelos rosa y tanto maquillaje parecían más una banda que un grupo de apoyo del cáncer de mama. Incluso las que tenían pelo se habían puesto el pañuelo rosa como símbolo de solidaridad, al igual que sus amigos y familiares.

Ese diecinueve de octubre habían sido la sensación del momento: su asociación no había parado de hacer cosas. Y de tanto dar la murga por las redes sociales todo el mundo había querido compartir unos minutos de gloria junto a ellas. Hasta la concejal se había puesto el pañuelo rosa a modo de diadema, por eso de ganar algo de popularidad.

Beatriz terminó de contar el dinero y lo guardó bajo llave. Mañana tendrían que acompañarla cuando se acercarse a ingresarlo al banco, ya que le daba miedo llevar tanto dinero encima, llevaba un año que todo le daba miedo. Ese día habían vendido más lazos, muñecas, libros y almohadas que el resto del año junto, ojalá hubiera más días que recordasen el cáncer que había segado tantas vidas y había cambiado para siempre las suyas.

Concha, la más vieja, no paraba de quejarse. Ella llevaba el pañuelo rosa en un brazo, que la peluca le había costado un pastizal e iba a lucirla fuese el día que fuese. Decía que encima que estaban envenenadas con la quimio, les tenían todo el día trabajando, y encima tenían que hacer malabarismos con los pocos ingresos que tenían: con tanta cuenta le tendrían que convalidar no solamente la EGB, que no tenía, sino un máster de esos, que ahora se los regalaban a cualquiera, o al menos eso decía su nieta, que no paraba de despotricar de los políticos.

Laura seguía peleando con el cartel, haciendo equilibrismos en la escalera, y a punto estuvo de caerse y romperse la crisma, por suerte María se puso debajo y evitó el desastre. Ella, que era el alma del grupo, era el apoyo de todos: bien ayudaba a una con el cartel, a otra con el banco y a las demás en todo lo que necesitasen.

Chicas, otro diecinueve de octubre ha pasado, y hemos hecho más dinero que nunca, ¡debemos estar contentas!

Tras ponerles su mejor cara, aprovechó que vino Fernando con las pizzas para apartarse y mirar por la ventana. Fuera, los de la tele estaban guardando los trastos. Todos llevaban sus lazos rosa y muchos habían comprado algo. Estaría contenta, pero tenía la boca seca y ganas de vomitar. Se palpó su seno ausente y, pese a que estaba esperando una prótesis y que era un ejemplo para las demás, se sintió menos femenina que nunca. Tal vez ese día todos hubieran tenido el cáncer de mama metido en la cabeza, pero durante el resto del año, quienes lo vivían silenciosamente… eran ellas.

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Profesor en el colegio PVIPS Adalid Meneses en Talavera de la Reina, Miembro de la Asociación de Escritores Insomnes y guionista de Cómic.

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