La gran invasión

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Un breve relato que te sumergirá en una concisa historia… muy curiosa

El jubilado entró en el bar, como cada mañana … y creyó al instante que estaba soñando. Se pellizcó con fuerza los brazos y las mejillas, pero lo que veía no dejaba de sorprenderle: parecía que le hubiesen cambiado el local. No sólo la decoración, también la gente, e incluso los camareros. No cabía duda: habían invadido su bar.

Avanzó con una zancada irregular, para así poder aferrar con fuerza la garrota, que prefería tener preparada como arma improvisada en lugar de como apoyo. Pensó que, hasta ahora, no había sufrido de ningún achaque, salvo la cojera, que era fruto de una pierna rota y mal curada de hace años… y que tal vez esto que veía era fruto de un golpe de vejez. A él nadie se había atrevido a creerle viejo, pero tenía que probarse a sí mismo que no estaba delirando.

Así que, sin hacer caso a esos “invasores” que le decían cosas que él no entendía, se dirigió hacia el servicio. Una vez dentro, se miró en el espejo: era el mismo que esta mañana, parecía que sólo había cambiado todo a su alrededor. ¿Sería éste el comienzo de la locura, la senilidad que tanto temía? ¿Reconocerse a sí mismo, pero no a los demás?

Lo más curioso es que el servicio… ¡también había cambiado! Era del mismo color, del mismo tamaño… ¡pero estaba limpio!, pulcro, olía bien y brillaba como una patena. No podía ver esos charcos en el suelo de los que siempre se quejaba y a los que Paco, el dueño del bar, se negaba a poner remedio.

Se armó de valor, se tomó una aspirina (que, en su fuero interno, era la verdadera cura a todos los males) y salió por la puerta del servicio.

Cuando estuvo en el bar, comprobó que todos esos invasores le observaban, con extrañas bebidas en las manos. Se acercó al que parecía menos peligroso y le palpó las manos y el cabello, de un rubio casi blanco, con curiosidad. El hombre se partió de la risa y le habló un buen rato en un idioma que él no conocía.

Estoico, nuestro héroe pensionista decidió ser tolerante y fue hacia la barra, mientras los invasores, acostumbrándose a su presencia, volvieron a hablar entre sí usando su extraño dialecto y a beber sus bebidas en jarras gigantescas. Tras la barra no estaba Paco, sino dos mujeres rubias, aunque de un color más natural y que, al menos, sí hablaban su idioma, y le preguntaron qué quería.

Seguramente Paco esté malo y estas sean unas sobrinas que han llamado a sus amigos” se consoló al tiempo que, con la mejor de sus sonrisas, pidió su fiel chato de vino que le acompañaba diariamente desde hacía décadas.

– Lo siento – dijo la más joven de las mujeres.¡Sólo tenemos cerveza!… pero de muchos tipos, ¡mire!

Y sacó una carta llena de colorines y expresiones que era incapaz de leer. La paciencia del anciano, que muchos de sus amigos hubieran creído infinita, se quebró como una rama bajo un neumático y, levantando su garrota como si fuese un dios nórdico, comenzó a gritar.

¿Qué no hay vino? ¿Cómo que no hay vino? – bramó como si el bar fuese suyo. Y comenzó a golpear a diestra y siniestra, maltratando jarras de cerveza y algún que otro “invasor” que no pudo esquivarle.

Cuando llegó la guardia civil, el anciano se alegró y tentado estuvo de lanzarse en sus brazos, pese a saber que habían venido por él. Tras la pareja de la guardia civil, que se prestaron a no esposarle al ver su colaboración y sus lágrimas de alivio, entró Paco, visiblemente preocupado.

– Perdona, Tomás… ¡Se me olvidó decirte que hoy celebramos el Oktoberfest ese de las narices y le he alquilado el bar a unos alemanes!

La gran invasión
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Profesor en el colegio PVIPS Adalid Meneses en Talavera de la Reina, Miembro de la Asociación de Escritores Insomnes y guionista de Cómic.