Patio de la tortuga

La plaza del Salvador siempre ha estado relacionada con la parroquia del Salvador, el lugar ha tenido otros nombres. En el siglo XVII aparece como plaza de los Monteros, al vivir allí la familia nobiliaria de Montero de Gaytán. En un documento posterior se la denomina como Plazuela del Carbón o de los Monteros. En 1892, con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América, se renombró al lugar como plaza de Cristóbal Colón.

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Allí se encuentra el colegio Juan Ramón Jiménez, un edificio historicista que tiene cierto “aire sevillano”. En él, el célebre ceramista Juan Ruiz de Luna, aquél que revolucionó a comienzos del siglo XX la cerámica talaverana, plasmó su genio en una fachada de ladrillo con incrustaciones de azulejo que embellecen la arquitectura; sin embargo, la belleza más destacada no está en el exterior, sino que lo más bello es el patio interior del edificio. Se trata de un curioso patio cuadrado con fuente, obra realizada en 1912 en la que Ruiz de Luna, junto al ceramista local Juan Ramón Ginestal, puso su arte al servicio del preciosismo.

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La fuente de cerámica simula de manera magistral el musgo mojado y, en las cuatro esquinas, hay cuatro niños en diferentes posturas. Cada uno de ellos juega con un pez, y estos cuatro peces muestran en su gesto el sufrimiento que les produce el juego de los pequeños. Uno de los peces es apretado por el cuello y su dolor se convierte en surtidor. Otro de los niños, juguetón, echa su cuerpo encima de otro de los peces, el tercer niño parece estar examinando con curiosidad a su pez y, el pez restante, se convierte en involuntario caballo para el infante que lo monta.

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Cuatro cuerpos en movimiento y cuatro rostros distintos en los que aflora una leve sonrisa o bien están ausentes, sin darse cuenta del daño que su juego está causando al pez y, en el centro, la tortuga, que da nombre al patio, la cual mira hacia arriba, ajena a lo que sucede a su alrededor y su boca abierta es un surtidor de agua. Los ceramistas, Juan Ruiz de Luna y Juan Ramón Ginestal, en esta fuente plasmaron todas sus emociones en la arcilla, revolucionando la cerámica talaverana, que comenzaba a salir de una época de crisis, gracias a la maestría y al buen hacer de Ruiz de Luna, el cual no sólo renovó la loza de Talavera, sino que también la dio a conocer en el mundo.

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