El padre “embarazado”

El mensaje en la tarjeta de felicitación era de lo más inocente: “felicidades por el nacimiento de vuestra hija”. La puñalada, en letra manuscrita, venía dentro: “A los orgullosos padres, y especialmente a la madre, que hizo todo el trabajo”.
Su mensaje expresa, en pocas palabras, un fenómeno cultural en toda su amplitud. Nosotros valoramos realmente la maternidad. Mimamos a las mujeres embarazadas. Nuestra cultura pierde su paranoia y sus límites en presencia de la mujer embarazada. ¿Pero que pasa con el padre de la criatura?. Mis experiencias como nuevo padre, hace ya 21 años, me expusieron de primera mano ante estos sentimientos y me hicieron preguntarme: si un psicólogo clínico que se especializa en terapia marital y familiar encontró difícil medirse con la inminente paternidad, ¿qué queda para quien es un lego en cuestiones de relaciones y tensiones? En los años que han pasado desde entonces, he observado en mi práctica la parte del padre en el proceso en que una pareja se transforma en familia.
Estas dificultades, aunque problemáticas, generalmente pueden superarse con atención, preparación y educación. Pero hay otro problema que es todavía mucho más serio y desconcertante. Lo denominaré el dilema cultural. Se alienta a los varones a participar plenamente en el embarazo y nacimiento de sus hijos, pero simultáneamente se les da a entender -en una multitud de formas- que son ajenos. Es más, se les transmite que mientras que su presencia es requerida, sus sentimientos no lo son, tienes que estar cerca, pero nunca desde la ansiedad, el enfado, la tristeza y el temor, ya que estos no son bienvenidos.
Este dilema es el resultado de la falta de coherencia entre lo que se pide a los padres –“por favor, participe”- y el metamensaje tácito –“pero no traiga sus sentimientos negativos”.
Hay importantes miedos y preocupaciones que los hombres generalmente esconden y que algunos entrevistados por Jerrold L. Shapiro expresaron con literalidad:

Impresionabilidad: El temor más universal fue hacia el proceso de nacimiento mismo. Desear ser parte del evento no redujo la incomodidad ante la intimidante perspectiva de sangre y otros fluidos corporales.
Aumento de la responsabilidad..
Cuestiones obstétricas-ginecológicas: La medicina que se ocupa de asuntos “femeninos” sigue siendo misteriosa, inquietante y ajena para muchos hombres. Las preguntas acerca de qué hacer, con frecuencia eran silenciadas con miradas que implicaban “sólo un idiota no sabe eso”.
Paternidad insegura: “Estaba bromeando cuando le dije a mi esposa que si el chico era rubio y de ojos celestes, yo me iba”.
Pérdida de la esposa y/o del hijo: “De repente me invadió el temor de que mi mujer y el bebé no salieran vivos del parto. No sé cómo podría seguir viviendo sin ellos, ¿pero sin ella…?”.
Ser desplazado: “Lo único que realmente me asusta es que lo mejor de nuestra vida juntos desaparecerá en cuanto nazca el bebé… en cierto modo, ya me siento desplazado por la tortuga (el mote cariñoso con que la pareja denominaba al feto)… ya es cada vez más difícil sentirnos físicamente cerca como antes. Soy menos vigoroso en el acto sexual, y cuando ella se queda quieta y yo sé que se está comunicando con la tortuga, me siento realmente desplazado. Es como si la relación primaria fuera con él, y yo fuera la rueda de auxilio”.
Vida y muerte: “Cuando Mary estaba embarazada, me hice consciente de que yo no tenía ya ningún derecho a morirme… Dejé de correr riesgos. Me hallé conduciendo más precavidamente, evitando zonas peligrosas de la ciudad, y sentándome a escuchar lo que un agente de seguros de vida tenía para ofrecerme…”
La mayoría de los padres se enfrentan solos con éstas y con otras preocupaciones.
El padre “embarazado” no puede ser plenamente parte del embarazo y el nacimiento a menos que él mismo, su esposa, su familia y la sociedad en general no admitan estos miedos en toda su magnitud.

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Por Roberto Aguado. Psicólogo especialista en Psicología Clínica. Presidente del Instituto Europeo de Psicoterapias de Tiempo Limitado.