El hombre insurrecto…

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Un breve relato que te va a sumergir en una concisa historia muy curiosa.

Ya no era un hombre joven, pero no por ello se habían apagado sus ganas de luchar. Deslumbró a los talaveranos con una iniciativa ciudadana que nadie se esperaba. No fue como los otros: esos que se reúnen, dicen muchas cosas y se ponen bonitos nombres, pero que se desinflan sin hacer salvo un poco de ruido… ese anciano fue de menos a más. Pedía algo sencillo: los talaveranos tenían derecho a bañarse gratis y en cuanto hiciese calor para ello. Todos se rieron, pero él siguió, erre que erre, criticándolos a todos y pidiendo algo muy sencillo: baños gratuitos para los talaveranos.

Movilizó a estudiantes, a asociaciones de vecinos, a su grupo de jubilados e incluso a un gran número de funcionarios que le echaron una mano a cambio de que dejase de acosarles en sus puestos de trabajo desde primera hora de la mañana.

Todos los políticos querían hacerse fotos con él: la oposición para criticar la playa que nunca llegó a ser más que un proyecto de pantano, el gobierno para intentar ablandarlo. Pero él seguía en sus trece: baños gratis desde que hiciese más de veinticinco grados. Si es que tenía una lógica aplastante, y cada vez más gente se unía a su protesta, diaria, lanzando globos de agua a la policía local que se negaba a hacer nada más que resignarse y armarse de paciencia.

La rebelión tomó un cariz más duro cuando empezó el calor y todos los políticos aprobaron que se abrirían las piscinas a mediados de junio y que sí costarían dinero, aunque fuera un precio simbólico. Entonces comenzaron a boicotear el agua: en los edificios públicos, en los jardines y hasta asediaron la potabilizadora. Sólo respetaron el hospital. Al día siguiente llegaron los antidisturbios de Madrid, a los que poco importaba los esloganes: “agua para todos o para nadie” o “ya nos habéis quitado el río, dejadnos al menos las piscinas”. Cargaron sin esperar órdenes, y todo el mundo huyó ante ellos… salvo ese anciano, al que no se conocía acto de violencia en toda su vida, pero que se quedó ahí plantado, protegiéndose ante el choque de los escudos. Un aluvión de porras cayeron sobre él tiñendo el suelo de rojo. Las cámaras de televisión recogieron el ensañamiento contra el manifestante solitario y toda Europa ardió con la noticia.

Para evitar el escándalo, se decidió derivar una partida presupuestaria extraordinaria para pagar la piscina a todo el mundo, y en una semana se abrieron las cinco piscinas de Talavera –hubo que esperar porque no paró de llover en cinco días-. La primera jornada, justo antes de abrir, el señor Juan, que era el nombre del nuevo héroe, apareció, con muletas, gafas de sol, una fiambrera y una silla plegable, y se sentó como para cerciorarse que se cumplía lo acordado.

Durante todo el verano, ya fuera en una u otra piscina, allí estaba él, sentado y saludando a conocidos y a admiradores, que se hacían mil y una selfies con él. Eso sí, no se dio un solo baño, y en todos los telediarios, además de su historia de cómo se batió el solo contra todos los antidisturbios, se destacaba su sacrificio por un derecho para los demás, ya que él no disfrutaba de los baños gratuitos que había conseguido para sus paisanos. Cuando le recordaban su gesta, se ruborizaba y decía que no era nada. Y se ruborizaba aún más cuando la gente sin un duro le abrazaban agradecidos por su gesta.

En su fuero interno, se sentía dolorosamente avergonzado de que creyesen valentía su obsesión de ver durante el mayor tiempo posible a tanta joven disfrutando del sol en bikini. Todos le consideraban un héroe… cuando sólo era un viejo verde que no había tenido reflejos para huir de la policía.

Profesor en el colegio PVIPS Adalid Meneses en Talavera de la Reina, Miembro de la Asociación de Escritores Insomnes y guionista de Cómic.