Al borde del precipicio

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Os traemos un mes más, un breve relato que te sumergirá en una concisa historia muy curiosa.

Mario se encontraba con los pies justo al borde del acantilado. Con las plantas fijas a la roca pero sus dedos flotando sin nada, salvo la caída, bajo ellos.

El miedo le recorrió la espalda, y un sudor comenzó a inundar las sienes y su pelo ensortijado. Mientras que el corazón, ignorando los deseos del muchacho, latía desbocado. La vista se le nublaba por el ardiente sol y los pensamientos que se agolpaban en su cerebro. Recordó el último día de clase, y de cómo todos se habían reído de él cuando dijo que jamás había visto el mar. Odiaba que se riesen de él. Le hacía sentir pequeño… más de lo que ya era.

Mientras que sus compañeros eran ricos de vidas regaladas, cuyos padres podían desligarse de sus obligaciones o simplemente vivir de sus rentas, los suyos tenían trabajos humildes y no habían podido hacer coincidir las vacaciones… otro año más. Eso le había empujado a buscar esa solución. Había tenido que ser discreto, nadie en el colegio podía saber sus planes, ya que, si se enterasen, se habrían “apiadado de él” y hubiesen hecho todo lo posible para que no acabase allí, a punto de saltar.

Pero no era sólo eso. Él era un gran estudiante, con unas notas magníficas que le suponían una beca, pero realmente no era feliz. Por eso estaba allí, al borde del precipicio: para acabar con esa infelicidad. El hecho de que Claudia le hubiera dado calabazas en público en la fiesta del colegio también le había empujado a esa situación. Eran grandes amigos, pero a ella le gustaban los chicos malotes, no los empollones que no asumían riesgos. Se iba a arrepentir de haberle roto el corazón… seguro que cuando le contasen lo que había hecho, se sentiría fatal por haberle rechazado.

Un grupo de jóvenes le miraban desde abajo, y algunos le insultaban, creyendo que no se atrevería a saltar… que era un farol. Pensó en el estado de shock en el que iban a quedar sus padres. Pero él ya era mayor. Era el único responsable de sus actos. Sin embargo, no podía evitar que le flojeasen las piernas y que unas ganas de orinar tremendas complementaran ese temblor.

Saltó. Se forzó a no pensar y se precipitó al abismo. En la caída se le olvidaron sus preocupaciones: los problemas en la escuela, sus padres revisando facturas a fin de mes, sus exámenes que no podían bajar del sobresaliente, la forma de mirar a Claudia que no era correspondida… todo eso se esfumó en el salto y pareció quedarse atrás mientras la aceleración hacía su trabajo con el menudo cuerpo de Mario.

Después… sólo sintió frío, un frío intenso que notó en lo más profundo de sus huesos, y le hizo sentir una inesperada sensación de malestar, al tiempo que notaba cómo su vejiga se relajaba y se orinaba  encima. Pero frente a la enorme caída y los gritos de todos los que lo habían visto, nadie se daría cuenta.

Lentamente, los jóvenes se acercaron a donde había caído.

Ante la atónita mirada de aquellos, Mario alzó la cabeza y boqueó ruidosamente, llenándose de aire los pulmones como si saliese del mismo infierno.

Serás animal, ¡casi te matas! – le gritaron sus amigos del pueblo. Luego nadaron hasta donde estaba y empezaron a reírse y lanzarle agua. Era el primero que se había atrevido a lanzarse desde la catarata del diablo ese verano y todos le jaleaban por ello. En su pueblo de las montañas todo era más fácil, y sus únicos problemas consistían en pasárselo bien en las charcas… y evitar un cólico por la comida de su abuela.

Profesor en el colegio PVIPS Adalid Meneses en Talavera de la Reina, Miembro de la Asociación de Escritores Insomnes y guionista de Cómic.